
El viento le había despeinado y el pelo le caía en mechones sueltos sobre la frente. Estaba serio. A Leigh se le ocurrió que no había visto su sonrisa en doce años. Wade llegó junto al mostrador con un centenar de preguntas brillándole en los ojos.
– Hola, Wade -saludó Leigh para quebrar aquel silencio.
Se había imaginado aquella escena muchas veces desde el funeral, pero no estaba preparada para la oleada de pánico que despertaba en ella la intensidad de su mirada.
– Leigh -contestó él sin dejar de mirarla.
¿Dónde estaba el viejo Wade Conner que había conocido? Leigh tenía ganas de gritarle. ¿Dónde estaba la alegría de sus ojos y la sonrisa de sus labios? Incluso su voz había cambiado. Recordaba que una vez había tenido un acento sureño como el suyo, pero todo rasgo del sur había desaparecido de él.
Leigh decidió ocultar su inquietud e hizo un gesto hacia la tienda.
– ¿Puedo ayudarte a buscar algo? Estoy segura de que encontrarás la tienda bastante cambiada. Cuando me hice cargo de ella tras la muerte de papá fui a un cursillo sobre cómo disponer los artículos…
Leigh se detuvo al darse cuenta de lo que decía.
– En fin, ¿en qué puedo ayudarte?
– No he entrado a comprar nada. ¿Todavía tenéis café?
Leigh asintió. Le sirvió en un vaso de plástico mientras se preguntaba a qué habría entrado. Algo le decía que era mejor no saberlo. Le tendió el vaso evitando rozar sus dedos.
– Tiene mejor aspecto que cuando la llevaba el alcalde Hampton -comentó él, echando un vistazo-. ¿Has conseguido que dé beneficios?
