– ¿De qué hablaba, Leigh? ¿Qué quiere decir que te verá a las siete?

– Me ha pedido que vaya a cenar a su casa.

– ¿Y has aceptado? -preguntó Drew incrédulo.

– Yo diría que no me ha dado la oportunidad de negarme. Ena me ha dejado algunas de sus pertenencias y Wade quiere dármelas.

– Iré contigo -dijo su hermano entrecerrando los ojos cargados de sospecha-. No me parece una buena idea que estés a solas con él. Puede ser peligroso.

– No seas tonto, Drew. Wade y yo éramos amigos. No tengo miedo de cenar con él.

– No me gusta nada. No deberías cenar con un presunto criminal.

Era obvio que su hermano creía en los rumores que habían acosado a Wade hasta provocar su huida de Kinley. Leigh también pensaba que era peligroso, pero por un motivo bien distinto.


Wade retomó la carrera y corrió por las calles del centro. Sus pisadas quedaban amortiguadas por las zapatillas de deporte. La tranquilidad de Kinley resultaba agradable después del bullicio de Manhattan, pero Wade no se dejaba engañar por las apariencias. Detrás de aquella quietud aparente rebullía la sospecha contra él. La había visto reflejada en los ojos de la gente desde que había vuelto. Sólo era una cuestión de tiempo que oyera las palabras desagradables que se escondían tras su silencio. Estaba seguro de que le condenaban a sus espaldas. Después de todo, ¿no había formado parte siempre el chismorreo de la estrechez mental que caracterizaba a Kinley?

La brisa llevaba suspendida el olor de las fábricas de conservas de pescado del pueblo. Doce años antes, Wade había trabajado en un barco de pesca. Recordó el trabajo duro de jalar el aparejo y separar las gambas de los otros peces y crustáceos atrapados en las redes. Era uno de los pocos recuerdos asociados con Kinley que no le resultaba desagradable. Le había gustado llevar el olor del mar en sus manos.



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