
Se alejó del puerto pasando junto a un roble enorme bajo el que los niños habían jugado durante generaciones. Un niño solitario se columpiaba subido en un neumático. También Wade había hecho novillos muchas mañanas sólo para columpiarse. En aquella época, había carecido de la disciplina necesaria para practicar un deporte metódico.
Había empezado a correr después de mudarse a Manhattan porque no quería que su cuerpo sufriera las consecuencias del exceso de comida y bebida y la falta de ejercicio. En la carrera por la que había optado, la tentación de prestar más atención a la mente que al cuerpo siempre estaba presente. Dobló por uno de los caminos serpenteantes que se alejaban del pueblo alegrándose de haber desarrollado una pasión por correr ya que le proporcionaba más ejercicio a la mente que al cuerpo.
La noche anterior, los parroquianos del bar le habían tratado con recelo. Casi podía oír los susurros que estallaban en cuanto él volvía la espalda. No importaba cuánto hubiera triunfado, a los ojos de la ciudad siempre seguiría siendo el criminal mezquino que ellos necesitaban. Una noche de insomnio le había convencido de que debía vender la casa de Ena y dejar que el pasado muriera con ella. Sin embargo, una sola mirada a Leigh había bastado para desbaratar sus planes.
No había sido su intención invitarla a cenar. Sólo pretendía decirle que Ena le había legado algunas cosas. Pero al verla sin maquillaje, con el pelo recogido en una coleta infantil, había sido incapaz. Una vez la había amado con una pasión que descartaba todo sentido común y que no había vuelto a sentir desde que dejara Kinley.
Los recuerdos de aquel amor apasionado habían hecho surgir la invitación de sus labios. Se le había ocurrido una idea descabellada. Necesitaba paz y quietud mientras escribía y pensó que Kinley era el refugio perfecto para trabajar en su próxima novela, un viaje al pasado y al interior de su alma. El personaje principal sería un hombre joven, sospechoso de un secuestro y posterior asesinato. La heroína podía ser una chica que tenía en sus manos la capacidad de limpiar su nombre. La trama sería que ella se había sentido demasiado asustada de los chismorreos de un pueblo como para admitir que había estado entre sus brazos en el momento del crimen.
