Wade apretó el paso hasta que el sudor lo empapó. Llegó a la casa que había sido de su madre y se quedó en el porche con la cintura doblada y la cabeza gacha intentando recobrar el aliento. Tenía que encontrar otra idea. La que se le había ocurrido se parecía demasiado a su propia y cruel realidad y no estaba preparado para escribirla.

Por un instante, se había permitido olvidar la traición de Leigh y el precio que había tenido que pagar, pero no volvería a repetirse. Se juró a sí mismo no ver a la chica de voz dulce sino a la traidora en que se había convertido. Nunca olvidaría las palabras que le había susurrado para despedirse dejándole con el corazón destrozado. Su corazón se había curado hacía muchos años y no quería exponerlo una segunda vez.

Capítulo dos

El teléfono sonaba cuando Leigh abrió la puerta de su casa. Una casa de estilo colonial con una columnata blanca por porche. Su familia había insistido en que era demasiado grande para una sola persona cuando la había comprado. Mientras se apresuraba a llegar a su habitación, tuvo que reconocer que tenían razón. Sin embargo, por mucho esfuerzo que le costara mantenerla, se sentía encantada con su amplitud y elegancia.

– ¡Por Dios, Leigh! -dijo su hermana Ashley-. ¿Cómo has tardado tanto en contestar al teléfono? Ya iba a colgar. En serio, deberías instalar varios supletorios en esa casona.

– ¿Qué quieres Ashley? -dijo Leigh, quitándose los zapatos y dejándose caer en una de las sillas.

– Vaya una manera de saludar a tu única hermana.

Ashley tenía un acento sureño muy pronunciado, algo que Leigh nunca había podido explicarse puesto que su hermano y ella lo tenía mucho más suave.



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