– Si has tenido un mal día en el almacén no deberías pagarlo conmigo.

– No ha sido malo sino largo -suspiró Leigh, tratando de ser paciente-. ¿Llamas por alguna, razón en especial, Ashley?

– Pues sí, la verdad. Me encontré con Drew hoy y mencionó por casualidad que piensas ir a cenar con Wade. ¿Crees que será prudente?

Leigh intentó dominarse. La absoluta falta de tacto con que Ashley se metía en la vida de los demás había sido uno de los motivos por el que las dos hermanas nunca habían estado demasiado unidas. No obstante, no era la única razón de ese distanciamiento.

– Hace tiempo que no necesito que me lleves de la mano.

Prudente no era la palabra que ella hubiera utilizado para describir su acuerdo con Wade, pero por nada del mundo estaba dispuesta a admitirlo ante su hermana.

– Me tienes muy preocupada. Wade Conner ha estado fuera mucho tiempo, pero eso no cambia nada. La gente todavía piensa que la pequeña Sarah Culpepper estaría viva de no ser por él.

Por lo menos, pensó Leigh, lo bueno de su hermana era que siempre iba directa al grano.

– Pues yo no lo pienso. Y, si no recuerdo mal, tú tampoco veías nada malo en Wade.

Leigh se arrepintió al instante de sus palabras. Ashley estaba casada con el jefe de policía de la ciudad, pero había sido una adolescente que creía que sus cabellos rubios y sus ojos azules podían conquistar a cualquier hombre. Sin embargo, sus encantos le fallaron con Wade y era obvio que todavía estaba resentida.

– No hacía falta que lo dijeras. Sólo que me parece que no debías andar con él. Tú no le conoces.

Pero Leigh conocía la manera que tenía de mirarla con el corazón en los ojos, recordaba la sonrisa eterna de sus labios.

– No te preocupes, Ashley. Voy a cenar con él porque Ena me ha dejado algunas cosas. No se me ha ocurrido tener una aventura con Wade.



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