
– ¿La tuviste? Siempre sospeché algo pero nunca tuve la seguridad.
– ¡No me digas! Siempre he creído que sabías todo lo que ocurría en Kinley.
– Está claro que no estás de humor para confidencias, pero quiero que sepas que iré a verte más tarde por si necesitas hablar con alguien.
– No te he invitado, Ashley -replicó Leigh, conteniéndose a duras penas-. Ya soy mayorcita para manejarme a mí misma y a Wade Conner.
– De todas formas, será mejor que no bajes la guardia. Sospecho que tiene el diablo metido en el cuerpo.
– Yo creo que eso nos pasa a todos un poco -dijo Leigh antes de colgar.
Subió a su dormitorio. Los muebles de color cereza contrastaban con el rosa de la alfombra y las paredes. Sin embargo, no le animó como de costumbre. Abrió un armario y rebuscó entre las ropas colgadas y las cajas de zapatos. Aunque Leigh mantenía el orden en la tienda nunca había sido muy meticulosa con los detalles menores. Su armario reflejaba aquel rasgo de su personalidad.
Encontró lo que buscaba en la repisa superior. Tuvo que encaramarse a un taburete para alcanzar una caja pesada que llevó a la cama. A los pocos momentos pasaba las páginas del álbum del instituto. Al fin dio con las fotos de su clase.
Wade se le apareció tal como ella lo recordaba, un muchacho con ojos chispeantes y sonrisa contagiosa. Le sorprendió un poco que su foto apareciera en el álbum. Wade había abandonado las clases a mediados de aquel curso. No estaba segura si había sido para embarcarse en un barco de pesca o para viajar en su moto.
Se tumbó en la cama contemplando la foto de Wade. Había sido un muchacho temerario y despreocupado en abierto contraste con ella que siempre había sido muy consciente de sus responsabilidades y de las consecuencias de sus acciones hasta que empezó a escaparse por las noches para reunirse con él.
Siempre había sabido quién era Wade. En una ciudad tan pequeña como Kinley, todo el mundo se conocía.
