Sabía que había aparecido en la ciudad a los doce años en compañía de su madre a la que todo el mundo presumía viuda. Uno de los antepasados de Leigh había sido fundador en Charleston en 1670, su familia había vivido en Kinley hacía más de cien años por lo que su «pedigree» nunca había sido puesto en duda. Aquello la había molestado desde siempre, no sólo por lo concerniente a Wade, sino por que le fastidiaba vivir en una sociedad tan rígida.

Wade tenía tres años más que ella y había ido tres cursos por delante en el instituto. Sus caminos raramente se habían cruzado, sin embargo, cada vez que él la miraba, Leigh sentía un escalofrío de delicia recorrerle el cuerpo.

Wade Conner no se parecía a los demás muchachos de la ciudad y eso la fastidiaba. Había oído rumores de que por sus venas corría sangre india lo que explicaba el color oscuro de su piel. También sabía que no le gustaban las clases y que hacía novillos cada vez que tenía ocasión.

Seguramente, Ena no había podido inculcarle disciplina, rendida ante el encanto de su hijo. La había convencido de que le dejara comprar una moto a los dieciséis años. Cuatro años más tarde, había convencido a la propia Leigh para dar un paseo en ella. Leigh suspiró y cerró el álbum mientras que sus pensamientos retrocedían en el tiempo.


Una Leigh de diecisiete años apresuró el paso tratando de recuperar el tiempo que había perdido al quedarse dormida. Un esfuerzo inútil. Una brisa fuerte sopló entre los robles que flaqueaban la senda que llevaba al instituto y Leigh intentó sujetar sus libros demasiado tarde. Sus deberes salieron volando en la misma dirección por la que había venido.

– ¡No me lo puedo creer!

Echó a correr en pos de su tarea atrapando las hojas sueltas en el aire. Leigh no tenía unas piernas muy largas, pero eran ágiles y veloces. Pronto alcanzó los papeles fugitivos y los atrapó. Pero la sonrisa de triunfo se le borró de los labios al mirar a su presa. Los deberes estaban arrugados y sucios.



17 из 186