
El rugido de una moto llenó la bóveda mohoso de los árboles. Leigh se volvió a tiempo para ver que Wade Conner se acercaba. Aunque hubiera llevado un casco, habría sabido quién era porque nadie en Kinley tenía una moto como la suya. Cuando se detuvo a su lado, Leigh lo miró sorprendida. No podía imaginarse qué motivo impulsaba a un chico de mundo que había viajado y que era mayor que ella a pararse junto a una chica del instituto.
– Te llamas Leigh Hampton, ¿verdad? Soy Wade Conner.
Era una presentación innecesaria. Leigh ya se había encargado de averiguarlo todo sobre él desde el mismo momento en que había aparecido en la ciudad. Además, la mayoría de las chicas estaban fascinadas con él, aunque no era elegante admitirlo. Wade era un pillo que no obedecía las reglas de una ciudad educada por lo que estaba descartado de la lista de los jóvenes «de la buena sociedad». Desde luego, no era una compañía recomendable para la hija del alcalde. Sin embargo, Leigh se moría de curiosidad.
Se quedaron mirándose un largo rato. Wade llevaba una cazadora de cuerpo para protegerse de la brisa fresca de octubre, tenía un aspecto peligroso y emocionante. A Leigh se le aceleró el pulso mientras la comisura de los labios de Wade se curvó en una sonrisa.
– ¿Te apetece dar una vuelta?
La respuesta lógica habría sido responderle que se dirigía a clase y negarse con educación.
La realidad era otra, llegaba tarde y en su mano aún estaba las hojas arrugadas y sucias de sus deberes. Se echó a temblar. Podría haber sido miedo, pero a ella le pareció que era una emoción desatada.
– Claro -se oyó decir a sí misma.
Le pasó sus libros y él los depositó en una alforja lateral. Leigh se sentó detrás y se abrazó a su cintura. El calor de su cuerpo traspasaba la cazadora. Nunca había sido tan consciente del cuerpo de un hombre. Se vio asaltada por la urgencia de acariciarle los duros músculos del vientre. Pero no pudo pensar mucho, Wade arrancó la moto y pronto cortaron el viento en la dirección opuesta al instituto. La velocidad enardeció a Leigh en vez de asustarla. Wade tenía una reputación de temerario, pero conducía como un experto. En ningún momento se le ocurrió que podía cometer una imprudencia, tenía la impresión de que jamás permitiría que le sucediera algo malo. De pronto, confió plenamente en él.
