Wade salió de la carretera y tomó por un camino polvoriento. Ella se aferró a él con fuerza pero sin temor. Aquel día era especial, como el trozo de chocolate que alguien sometido a dieta hurta cuando nadie le ve. Leigh no tenía la intención de echarlo a perder con remordimientos o miedos. El camino se estrechó hasta convertirse en un sendero. Wade se adaptó reduciendo la velocidad. Leigh se vio sorprendida por una masa de arbustos que señalaba el fin del sendero pero él frenó con facilidad como si conociera de sobra el camino.

Se bajaron y Wade la miró con una intensidad que la hizo emocionarse. Le pareció que todos sus sentidos se agudizaban y oyó el burbujeo del agua que corría cercana. Se introdujo entre los arbustos. Sorprendida, se halló ante lo que consideró uno de los tesoros ocultos de la naturaleza. Se trataba de un remanso por el que discurría una corriente azulverdosa que lamía la hierba de la orilla bajo los robles mohosos.

– ¡Es precioso!

Dejó que sus ojos fueran de la hermosura del escenario a la hermosura del hombre que se encontraba a su lado. La sonrisa de Wade le hizo entender las implicaciones de que la hubiera llevado allí. Era su lugar secreto, pero había querido compartirlo con ella.

Leigh se alisó la falda y se sentó con las piernas recogidas sobre la hierba mientras absorbía toda la belleza del paraje. Una gaceta blanca pasó cerca de ellos provocando su sonrisa. Leigh se sentía feliz. Wade se sentó junto a ella. Leigh oía su respiración pero él se mantuvo a una distancia respetuosa. Maldijo aquella distancia, ella quería tocarle.



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