– Cuéntame, ¿qué haces por ahí en vez de estar en clase? -preguntó él recostándose, mientras la miraba con una indulgencia perezosa.

– ¿Y cómo es que tú no estás embarcado? -replicó ella con un revoloteo de pestañas.

Sabía que estaba coqueteando, pero no podía evitarlo. Wade tenía el pelo revuelto y ella sentía la necesidad de alisárselo.

Cuando se echó a reír, las carcajadas surgieron de él como un súbito estallido de alegría. De cerca, incluso era más atractivo que de lejos. Había oído que era una oveja negra y un pendenciero. Pero al contemplar el tono de su piel, el pelo negro, la risa brotaba de sus ojos grises lo dejó todo a un lado. Por alguna razón que no alcanzaba a explicarse confiaba en él.

– El barco está en puerto. He pasado más de una semana en el mar, ¿no crees que me merezco un descanso? Vamos, dime por qué no estabas en el instituto.

– No lo sé, nunca había hecho novillos. He tenido una mañana terrible. Primero se me pegaron las sábanas, no he desayunado y he echado a perder mis deberes. Cuando me has preguntado si quería dar una vuelta no se me ha ocurrido ninguna buena razón para rehusar.

– Yo pensé que lo harías. Bueno, la verdad es que estaba completamente seguro de que dirías que no.

– ¿Por qué?

– Venga, Leigh. Las chicas como tú no dan paseos con chicos como yo, lo sabes perfectamente. ¿O no te has enterado? Soy el que ha dejado los estudios, un pendenciero que siempre se mete en líos y tú eres la hija del alcalde.

– ¿Intentas asustarme?

– Diablos, no. Si supieras lo mucho que he deseado poder sentarme a hablar contigo no dirías eso.

– ¿Mucho? ¿Cuánto?

– Desde que estabas en séptimo curso, aunque no sé por qué lo confieso.

Wade tiró un guijarro al agua. Volvió a reír y le guiñó un ojo.

– Leigh, si supieras la cara que pones. Parece que no puedes decidir si miento o no. Te aseguro que es cierto.



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