– ¿Por qué me lo cuentas?

Se sentía cautivada por su sinceridad. Estaba segura de que hablaba en serio. Parecía que Wade tenía la capacidad de hablar con el corazón en la mano.

– Porque quiero besarte -dijo él sin sonreír.

Leigh lo miró y reconoció las emociones que bullían en su interior. Había pasión, pero también un humor amargo y una burla de sí mismo.

– Entonces hazlo -murmuró ella.

Wade abrió mucho los ojos, pero la sonrisa retornó a sus labios. Se acercó a ella y le puso las manos sobre los hombros con precaución antes de besarla en la boca. El contacto fue dulce, suave y acabó nada más empezar. Wade se retiró, le cogió el rostro entre las manos y le sonrió.

– Wade Conner, estoy segura de que sabes besar mucho mejor -le desafió ella sin detenerse a preguntarse de dónde sacaba el valor.

Leigh tenía diecisiete años, pero su experiencia con el sexo opuesto era muy limitada. Había besado a varios chicos y había descubierto que la experiencia, aún siendo placentera, distaba mucho de ser arrebatadora. Sin embargo, de alguna manera sabía que Wade no iba a ser como los demás.

Wade volvió a besarla. Leigh se quedó sin aliento cuando él le introdujo la lengua en la boca y rodeó su lengua en una serie de caricias eróticas. Se abrazó a él dejándose llevar por las nuevas sensaciones que nacían en sus entrañas. Leigh dibujó el contorno de sus labios con la lengua y él gimió. Atrapó aquella lengua con los dientes para luego soltarla y profundizar el beso.

Leigh sintió que el mundo giraba a su alrededor, no quería detenerse pero fue Wade quien interrumpió el abrazo. Se miraron sonriéndose con los ojos como si algo increíble y especial acabara de suceder.

Así comenzó todo. Durante una temporada fue increíblemente especial. Leigh tenía una educación demasiado rígida como para hacer novillos otra vez, pero los dos se las arreglaban para robar unas pocas horas y verse todas las tardes. Empleaban aquel tiempo besándose, riendo y conversando.



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