
– ¿Qué piensas hacer cuando acabes el instituto? -preguntó Wade una tarde, después de arrancar una margarita y ofrecérsela.
– Tienes que prometerme que no vas a reírte.
Wade se lo prometió solemnemente mientras ella olía la flor.
– Quiero ser artista. Ya sé que suena tonto. Sólo soy una chica de pueblo que no sabe qué es el arte verdadero. Pero guardo montones de apuntes y de cuadros en mi habitación. Lo que más deseo es poder ir a la escuela superior de arte.
– No me parece que sea ninguna tontería.
A Leigh se le ocurrió que Wade parecía ofendido. Pensó por un momento si no sería debido a que no lo había incluido en sus planes.
– Me gustaría ver tus trabajos alguna vez.
Wade sonrió y la sombra de ofensa que ella había creído ver desapareció. Se echó en sus brazos impulsivamente, sin pensar en contenerse.
– Nunca se lo había contado a nadie -confesó ella-. ¿Qué haría yo sin ti?
Al día siguiente le llevó varios bocetos y se sonrojó cuando él alabó su talento. Wade se lanzaba con entusiasmo a la vida y ella era una parte muy importante. Sus besos se hicieron más ardientes cuando se conocieron mejor, pero Wade nunca la presionó para que hicieran el amor. Para Leigh, cada día con él era un tesoro que guardaba en sus recuerdos para luego volver a vivirlo. Se negaba obstinadamente a pensar en nada que pudiera ensombrecer su relación incipiente, pero le mortificaba el hecho de que Wade sólo parecía vivir el presente.
– No puedes pasarte la vida pescando gambas -se aventuró a decir una tarde mientras contemplaban la puesta del sol.
– Nunca he dicho que sea mi intención.
– Pero es que nunca dices nada sobre el futuro -insistió ella, sabiendo que Wade deseaba evitar el tema.
– Si lo hiciera, te asustarías.
Wade acababa de ponerle fin a la conversación tocando un punto para el que ella no estaba preparada.
