
Su familia había sido una de las primeras en establecerse en Kinley tras la Guerra Civil y su padre pensaba que estaban en el escalafón más elevado de la escala social. Leigh le quería, pero también sabía que la idea de que su hija saliera con un desarrapado como Wade le haría perder los estribos. Con el tiempo, fue eso lo que pasó exactamente.
– Leigh -le dijo su padre una tarde que ella estaba estudiando-. ¿Por qué desapareces todas las tardes? ¿Dónde te metes?
– ¿A qué te refieres, papá? -preguntó ella, tratando de ocultar su aprensión.
Su intuición, sin embargo, le decía que era demasiado tarde. En el fondo de su corazón supo que su padre les había descubierto.
– Antes pasabas por la tienda cuando salías de la escuela. Tu madre dice que tampoco vienes directamente a casa.
Drew Hampton Tercero permanecía frente a ella con los brazos cruzados sobre el pecho. Un hombre alto, prematuramente encanecido y con una voz rebosante que conminaba al respecto y a la obediencia.
– Voy a dar un paseo junto al arroyo -dijo ella sin atreverse a mentirle a su padre.
– He oído que vas a pasear con el chico de Ena Conner -sentenció él con una voz fría como el hielo.
Leigh se echó a temblar ante sus palabras. Cuando era pequeña la castigaba con palmetazos en las manos antes de mandarla a su cuarto. Las palmas empezaron a escocerle con el recuerdo.
– ¿Dónde lo has oído?
– Eso no te importa, lo que importa es si es cierto.
Leigh tragó saliva. Sabía que la habían descubierto y se animó a ser valiente. Alzó la barbilla, un gesto que le había visto hacer a su padre cuando estaba en dificultades.
