
– Lo sabía -rió Leigh.
– También estaba Wade Conner -dijo Drew, observando su reacción.
La sonrisa desapareció de los labios de Leigh que tragó saliva e intentó dominar el pánico que amenazaba con apoderarse de ella.
– Creí que ya se habría ido. El funeral de Ena fue hace cuatro días.
– Quizá me equivoque, pero me dio la impresión de que no pensaba marcharse pronto. Estaba preguntando por ti.
Drew parecía preocupado. No sabía todo lo que había pasado hacía doce años, pero sí sabía que Leigh estaba dolida.
– Ha pasado mucho tiempo fuera. Supongo que tendrá curiosidad por saber lo que ha sido de todos nosotros en estos doce años.
– Yo no he dicho eso, Leigh. Lo que he dicho es que quería saber de ti. Quería saber dónde vives, en qué trabajas y si te habías casado.
– ¿Se lo dijiste?
– Yo no. Es demasiado astuto como para preguntarme a mí. Habló con los chicos.
Leigh se mordió el labio inferior y dejó que su frente se poblara de arrugas. En otra época, Wade se hubiera dirigido directamente a la fuente más cercana y segura de información. Wade había sido su amigo, su confidente, su amante. Pero el cuento de hadas había terminado convirtiéndose en una pesadilla.
– Yo estaba hablando con Everett Kelly y créeme si te digo que echaba chispas. Entiéndeme, no creo que le hayas dado pie a Everett, pero se hace la ilusión de que tú eres su chica.
Leigh suspiró. Conocía a Everett desde la infancia y eran amigos, pero cualquier atisbo de romance entre ellos pertenecía al terreno de la imaginación.
– Pero no es Everett quien me preocupa, Leigh, sino Conner.
– No tienes por qué preocuparte -dijo ella, extrañada por su curiosidad-. Le vi en el funeral de Ena y me miró como si yo no existiera. No puedo creer que piense en reiniciar nuestras relaciones.
