
– Intentaré creerte, hermanita. Bien, será mejor que me ponga a trabajar. Me parece que te prometí que ordenaría el almacén.
Con un gesto dramático, Drew se dirigió a la parte trasera como quien camina hacia la silla eléctrica. Leigh le rió la gracia, aunque tuvo que hacer un esfuerzo. En cuanto su hermano se perdió de vista, se dejó caer en la silla que había detrás del mostrador. Zapateó nerviosa y se mordió el pulgar tratando de imaginarse el motivo de que Wade se hubiera quedado en Kinley.
Pensaba que con su madre enterrada ya no había nada que le atara allí. Incluso había tenido tiempo de poner la casa de Ena a la venta y volver a Nueva York. Kinley tenía para Wade fantasmas que nunca podrían ser exorcizados. ¿Qué le retenía allí?
Leigh cerró los ojos y le recordó en el cementerio, un extraño que apenas se parecía al joven que ella había conocido. Había sido el único chico del pueblo que tenía una moto, el único en dejar el instituto para viajar por todo el país, el único que había sabido exactamente lo que quería. Y también, había sido el único capaz de conseguir que el corazón de Leigh dejara de latir.
En el cementerio le había notado muy cambiado, más maduro. Los años le había añadido personalidad a sus rasgos, pero le habían privado de lo que ella más admiraba, su sonrisa. De no haber sido tan alegre, Leigh nunca se habría fijado en él. Al contrario, la intensa reacción de sus instintos ante su presencia la hubieran alejado de no haber sido Wade tan encantador. Todavía llevaba el pelo un poco más largo de lo normal, pero sus ojos grises ya no reflejaban confianza al mirarla. Leigh no podía culparlo por eso. Ella tampoco confiaba en él. Deseaba fervientemente que no hubiera regresado, aunque siempre había sabido que lo haría. La muerte de Ena sólo había apresurado lo inevitable.
– ¡Oh, Ena! ¿Por qué has tenido que morir?
Las campanillas de la puerta tintinearon y Leigh se levantó con una sonrisa que murió en su boca al ver a Wade.
