Resumiendo: que de pequeña, como todas, yo habría preferido ser chico. Y si me tocaba ser chica, ya desde entonces empezaba a barruntar en mi cabecita la idea de que no me apetecía mucho ser virgen. Por amar la tierra perdería el cielo, qué le íbamos a hacer.


Cuando cumplías los once años venía lo peor. Qué inclemente es la vida cuando alguien te arrebata la infancia por las buenas… Tú estabas tan contenta jugando a las muñecas cuando de repente las monjas te descubrían el Gran Secreto de la Existencia. Resulta que, por el mero hecho de haber nacido niña, el Señor había colocado un tesoro dentro de tu cuerpo que todos los varones de la Tierra intentarían arrebatarte a toda costa, pero tu misión era mantener ese tesoro inviolado y hacer de tu cuerpo un santuario inexpugnable, a mayor gloria del Señor (Él). El inicio de tamaña responsabilidad vendría marcado el señalado día en que por vez primera tu cuerpo te ofreciera unas gotas de sangre, sangre que te recordaba el sacrificio que tú deberías hacer por el Señor (Él) para devolverle el que, en su día, Él había hecho por ti.


Todo aquello de la sangre y la responsabilidad y el santuario a preservar y el sacrificio me tenía tan aterrorizada que cuando me vino la primera regla me guardé muy mucho de decírselo a nadie y les robaba a mis hermanas las compresas a escondidas, porque todavía no me sentía capaz de afrontar la responsabilidad social y moral que iba a cargar sobre mis pequeños hombros de niña plana aún.


Me resulta gracioso recordar esto ahora, cuando hace tres meses que no tengo la regla. Y no, no estoy embarazada.


Tampoco vayáis a creer que lo de mi amenorrea -que ése es el nombre técnico de mi problema- me importa demasiado.



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