
– ¡Fleur! Pero si casi no te reconozco -exclamó la recepcionista.
– ¿Ah, sí? ¿Y eso es bueno o malo?
Normalmente no se ponía más que crema con filtro solar, pero aquel día había hecho un sacrificio para impresionar a la nueva directora del banco y, además del traje gris bien planchado, llevaba brillo en los labios y un pañuelo de seda al cuello.
– Buenísimo. Te veo estupenda.
Nerviosa, Fleur empezó a juguetear con los pendientes de plata y amatista, su piedra favorita. Matt Hanover se los había regalado en lugar de un anillo la primera vez que le pidió que se casara con él. La primera vez que ella dijo: «Espera, todavía no».
Entonces tenía dieciocho años y le quedaban tres para terminar la carrera. Además, iba a marcharse al otro lado del país a trabajar. Esperar era la única opción. Pero había aceptado los pendientes como prueba de su compromiso, como una promesa. Eran unos pendientes baratos, algo que podía ponerse sin que su madre la interrogara sobre su procedencia.
Un día, le había prometido Matt, le regalaría diamantes. Fleur se había reído, claro. Le había dicho que no necesitaba diamantes porque lo tenía a él y se había puesto los pendientes todos los días, segura de su amor.
La cajita, escondida durante años en uno de los cajones de la cómoda, había aparecido cuando buscaba el pañuelo. Y Fleur la abrió sin poder evitarlo. Las piedras iban bien con el color del pañuelo y, en un gesto de desafío, una promesa de que ninguno de los Hanover, ni la madre ni el hijo, podían ya hacerle daño, decidió ponérselos.
Pero ya no estaba tan segura.
– Gracias.
– Estás muy guapa, de verdad -insistió la recepcionista, mientras abría la puerta del despacho-. Ha llegado la señorita Gilbert, señora Johnson.
– ¿La señorita Gilbert? -Delia Johnson levantó la mirada-. ¿Viene usted sola? Creí que vendría con su padre.
