
Fleur sabía que iba a hablar con una mujer que no conocía a su familia, una mujer que no entendía su negocio. Sabía que tendría que esforzarse para convencerla, para crear una relación de amistad con ella.
Pero la señora Johnson, aparentemente, no estaba por la labor.
– Mi padre no se encarga de la parte administrativa del negocio.
– Pero aparece en la documentación que tenemos aquí como el único propietario.
– Ya no es así -contestó Fleur-. Nuestro administrador nos aconsejó que nos hiciéramos socios, ya que soy yo quien se encarga de todo. Mi padre no está bien desde que mi madre murió en un accidente.
– ¿No está bien? ¿Qué le ocurre?
¿Qué podía decirle, que el mundo de su padre se había venido abajo? ¿Que había sufrido una crisis nerviosa y aún no se había recuperado del todo?
– Sufre una pequeña depresión. Ahora está mejor, pero no le gusta salir de casa. Prefiere concentrarse en las plantas. Brian… el señor Batley, conocía la situación y siempre trataba conmigo.
– Brian Batley se ha retirado -le recordó la señora Johnson, añadiendo algo en voz baja que sonó sospechosamente como «y ya era hora».
Evidentemente, desaprobaba la actitud de su predecesor y parecía decidida a demostrar que a ella se le daba mucho mejor librarse de cuentas que estaban permanentemente en descubierto.
Y la empresa Gilbert debía de ser una de las primeras en su lista.
– Pensé que se lo habría contado. ¿No tiene esa documentación en el archivo? -preguntó Fleur.
– No, parece que no.
– Si quiere hablar con mi padre, puede venir al invernadero cuando quiera. Así podría ver por usted misma lo que estamos haciendo -dijo Fleur, dejando el maletín sobre la silla-. He traído un informe de lo que esperamos conseguir este año y las ventas más importantes se harán en la feria de Chelsea. Hace algún tiempo que no vamos allí, pero este año nos han ofrecido un puesto y…
– Ya me lo contará más tarde, señorita Gilbert -la interrumpió Delia Johnson-. Por favor, siéntese.
