
– Ahora, Fleur -murmuró Matt-. Ahora.
Fleur dejó a Tom en la puerta del colegio justo cuando sonaba el timbre y el niño salió corriendo con la mochila a cuestas. Luego, cuando llegó a la puerta, se volvió para despedirse de su madre con la mano. A Fleur se le encogió el corazón. Se parecía tanto a su padre… había gestos que… cuando giraba la cabeza, por ejemplo. O cuando levantaba una manita para decirle adiós.
Cada día se parecían más. Y a veces Fleur contenía el aliento cuando alguien del pueblo miraba al niño con el ceño arrugado, como intentando recordar dónde había visto esa cara antes. Afortunadamente, tenía la piel pálida, como los Gilbert, el pelo rojo que se volvería más oscuro con los años y los ojos verdes y no grises como su padre. Por el momento, nadie había adivinado que era hijo de Matthew Hanover, pero el parecido sería más evidente cada día.
Si Katherine Hanover sospechase algo…
Ojalá se fuera de allí. Ojalá se fuera muy lejos.
Fleur miró el cartel azul a la entrada del pueblo: Hanovers, todo para su jardín.
¿Por qué allí? Habría sido más lógico abrir el negocio en Maybridge, donde estaban todas las tiendas, los almacenes y los supermercados. Donde había sitio para ampliar el negocio. Vivir tan cerca de una familia a la que culpaba de todos sus males sólo servía para aumentar la amargura de esa mujer.
Pero el sentido común no tenía nada que ver con aquello.
Cuando dos familias habían sido rivales en los negocios y en el amor durante casi dos siglos, hacerle daño a la competencia era lo único importante. Aunque, en opinión de Fleur, en los últimos años los Hanover le habían hecho daño suficiente a su familia como para satisfacer hasta a la persona más vengativa del mundo.
Afortunadamente, encontró aparcamiento delante del banco, una buena señal, pensó, y después de arreglarse un poco el pelo frente al retrovisor, abrió la puerta del Land Rover y cruzó la calle.
