– Tengo veintisiete años y llevo trabajando en esto desde que me enseñaron lo que era un esqueje.

– Entonces, ¿qué es lo que hace su padre exactamente? -preguntó la señora Johnson-. Aquí veo que sigue recibiendo un salario.

– Mi padre se ocupa de crear nuevas variedades de plantas y no suele salir del invernadero. El nuestro lleva usándose desde hace seis generaciones.

Ellos habían sido los primeros en instalar nueva tecnología para mantener la temperatura, algo que antes se hacía con enormes calderas. Y les habían ganado la partida a los Hanover, por cierto.

– ¿Seis generaciones?

– Siete conmigo. Bartholomew Gilbert y James Hanover formaron una sociedad en 1829.

– ¿Ah, sí? No sabía que hubieran sido socios.

– Fue una alianza muy corta. Cuando James pilló a su mujer en flagrante delito con Bart en uno de los invernaderos, se dividió la finca y se levantó una valla. Los Gilbert y los Hanover no han vuelto a hablarse desde entonces.

– ¿Nunca?

«Nunca digas nunca jamás».

– No.

– Pero si viven a unos metros… ¿Cómo se puede mantener ese enfado durante tantos años?

– Yo creo que «enfado» es una palabra demasiado suave. Se pelearon por la división de la finca, cada uno creyendo que el otro se llevaba la mejor parte… Luego Bart produjo un nuevo híbrido ese año, pero James juraba que había sido idea suya.

– Ya veo.

– Los hijos heredaban el odio de sus padres y que tuvieran que enfrentarse cada año por ser los mejores en el cultivo de fucsias no hizo nada para contener la animadversión. Ha habido sabotajes, espionaje industrial…

– ¿Perdón?

– Los empleados recibían dinero por robar bulbos o por introducir alguna mala hierba para arruinar un cultivo…

– ¡Virgen Santa!

Y, por supuesto, lo prohibido siempre tentaba a los más inquietos. ¿Quién dijo que los que no aprendían de la historia estaban destinados a cometer los mismos errores que sus antepasados?



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