
– ¿Alguien ha intentado mediar entre las dos familias? -preguntó la señora Johnson.
– Lo han intentado, pero sin éxito. En la última ocasión la mitad del pueblo acabó en los tribunales.
Sólo el optimismo de la juventud había convencido a Matt y a ella de que por fin podrían unir a ambas familias, curar una herida que duraba ya ciento setenta años con el poder del amor.
Desgraciadamente, su madre y el padre de él les llevaban ventaja.
– Supongo que para una persona de fuera todo esto debe de parecer el guión de una mala película -dijo Fleur.
– Sí, bueno, las peleas entre familias no son asunto mío. Pero el estado de su cuenta es otra historia. Dado que llevan en el mercado ciento setenta años, han tenido tiempo más que suficiente para generar beneficios. Los Hanover, a pesar de las distracciones, parecen llevar su negocio con más éxito.
– Los Hanover dejaron de producir plantas hace seis años, cuando Phillip Hanover murió. Ahora, ese riesgo se lo dejan a los demás.
– Pues quizá deberían ustedes seguir su ejemplo.
– Dudo que haya sitio para dos empresas de suministros de jardinería en Longbourne. Además, si todo el mundo hiciera eso, no habría plantas que vender. Y se perderían puestos de trabajo.
La señora Johnson se encogió de hombros, como si eso no le importara. Pero seguía escuchándola con atención.
– Cualquier negocio que esté a merced del tiempo y de lo que se lleva o no se lleva no es un negocio sencillo. En ese sentido, no somos muy diferentes de una boutique.
– ¿Existe la moda en las plantas?
– Por supuesto. Cada año las televisiones y las revistas de jardinería ofrecen productos diferentes. Desgraciadamente, criar flores es como intentar mover un tanque, se tarda algún tiempo en conseguirlo. Pero, afortunadamente, los que nos dedicamos a esto lo hacemos por pasión.
– Sí, mantener una pelea con los vecinos durante ciento setenta años debe de requerir cierta pasión -asintió la señora Johnson, burlona.
