– No la abras. La romperé como he roto las demás.

– ¿Ha habido más?

Fleur se encogió de hombros.

– Unas cuantas. Pero no merece la pena leerlas.

– Ya veo. Bueno, puedes hacer lo que quieras con ésta porque viene dirigida a ti. Parece que la han traído personalmente… no lleva sello.

– ¿Qué? -Fleur tomó la carta y se quedó sorprendida al ver que, efectivamente, estaba dirigida a ella y no a su padre-. ¿Por qué me escribirá a mí?

– A lo mejor piensa que tú puedes convencerme para que no tire las cartas a la basura. Y a lo mejor ha perdido la confianza en el servicio de correos y la ha traído ella misma -su padre parecía encontrar esa idea tremendamente divertida-. Me alegra saber que no se entera de nada.

– Desde luego.

– A lo mejor escribe para ofrecerte un trabajo.

– Sí, seguro.

– Si piensa ampliar el negocio, necesitará más gente.

– No tiene espacio para ampliar el negocio. Ya le gustaría.

Katherine Hanover necesitaba la finca Gilbert, su finca, para ampliar su imperio.

– Además, ¿por qué iba a necesitarme a mí? Yo me dedico a las flores, no vendo cortacéspedes. Los Hanover no han cultivado flores desde que…

Maldición. ¿Por qué había dicho eso?

– Desde que tu madre se escapó con Phillip Hanover -terminó su padre la frase-. Puedes decirlo, Fleur. Eso fue lo que pasó y nada va a cambiarlo.

– No, es verdad.

En realidad, no había sido el recuerdo del adúltero padre sino el del hijo lo que la pilló por sorpresa. El abandono parecía ser algo inherente a la familia Hanover y, por una décima de segundo, se sintió unida a Katherine.

¿Unida a Katherine? Imposible.

Katherine Hanover era una mujer vengativa y mala, algo que, a pesar de todo lo que había pasado, Fleur estaba decidida a no ser nunca.



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