Pero prefería que su padre pensara que estaba intentando no herir sus sentimientos. Eso era mejor que la verdad.

– Desde que pavimentó la finca familiar y la convirtió en un hipermercado de suministros de jardinería, Katherine Hanover no me necesita para nada, papá.

– Cierto. Pero ha puesto un anuncio en el periódico buscando gente para los fines de semana. A lo mejor piensa que te vendría bien el dinero.

– ¿Y por qué iba a pensar eso?

¿Por el traje gris que llevaba, el que había comprado para el funeral de su madre seis años antes y que empezaba a perder lustre? ¿O quizá por los viejos zapatos negros que sólo habían sobrevivido tanto tiempo porque no se los ponía nunca?

– A lo mejor quiere que sepas cuánto dinero tiene.

– ¿Tú crees?

¿El nuevo Mercedes, la ropa de diseño, los zapatos que provocaban envidia en todas las mujeres del pueblo no eran pruebas más que suficientes de que estaba forrada?

– No, papá, no es tan tonta -sonrió Fleur, tomando la carta-. Imagínate el caos que se organizaría si yo apareciese por allí.

Pero antes de que pudiera abrir el sobre sonó el reloj del salón.

– ¡Tom, baja de una vez!

Un niño de cinco años con la energía de una dinamo apareció entonces en la cocina, con un perro siguiéndolo de cerca.

– ¡Ya estoy! -anunció, sonriendo de oreja a oreja.

A Fleur se le encogió el corazón. Se había mojado el pelo para echárselo hacia atrás, llevaba el nudo de la corbata del uniforme casi en la oreja y las zapatillas de deporte en el pie equivocado.

– Me he vestido yo solo.

– Muy bien, Tom -sonrió Fleur, tomándolo en brazos y achuchándolo hasta que su hijo empezó a protestar. Tom estaba creciendo demasiado deprisa y ya no quería que lo tratase como si fuera un niño pequeño.

– ¡Que se me ha caído la zapatilla, mamá!

Riendo, Fleur la recogió del suelo y lo sentó en la mesa de la cocina para ponerlo un poco presentable.



6 из 102