
– ¡No, el pelo no! -protestó el niño cuando ella intentó atusárselo-. No me gustan los rizos.
– Perdona, perdona… ¿Lo llevas todo?
– Los libros, el dinero para el almuerzo, los lápices…
– Eres un genio. ¿Quieres una manzana?
– Bueno.
– Venga, dale un beso al abuelo, que tenemos que irnos.
Matthew Hanover estaba frente a la ventana de su dormitorio, esperando que Fleur apareciese. No la había visto en casi seis años… desde que su noche de bodas fue turbada por el sonido de un móvil.
Había estado a punto de apagarlo, pero en la pantalla vio que era el padre de Fleur. Y una llamada de su padre a esas horas sólo podía significar una cosa.
Problemas.
Serios problemas.
Había visto cómo la alegría desaparecía de los ojos de Fleur al saber que su madre acababa de tener un accidente de tráfico y no había tiempo que perder.
Matt le suplicó que lo dejara llevarla al hospital para estar a su lado. Ahora eran una pareja, estaban casados… pero ella no quiso.
– No, por favor. Mi padre ya tiene suficiente con esto como para… darle otro disgusto.
Y él la había dejado ir porque pensó que no era el momento de lidiar esa batalla. La dejó ir con un beso, intentando no mostrarse dolido cuando ella se quitó la alianza.
– Llámame en cuanto sepas qué ha pasado.
Luego, cuando Fleur desapareció, como si tuviera un presentimiento, se tumbó en su lado de la cama, donde todavía estaba la marca de su cuerpo, su calor, para esperar esa llamada.
Pero cuando sonó el teléfono media hora después, no era Fleur. Era su madre para decirle que su padre había muerto. Que Jennifer Gilbert lo había matado…
La puerta de la casa de los Gilbert se abrió y un perro, un chucho mezcla de collie y alguna otra raza, corrió hacia el Land Rover. Fleur apareció enseguida, con un traje gris, su pelo rojo oscuro sujeto en un moño…
