
Se quedó parada un momento en la puerta, con un viejo maletín en la mano, los hombros caídos como si estuviera agotada por la carga que llevaba encima.
Y Matt se alegraba. Merecía sufrir, pensó.
Un niño salió corriendo de la casa como una tromba. Instintivamente, Matt apoyó las manos en el cristal de la ventana, como si así pudiera tocarlo…
¿Cómo podía haberle ocultado eso?
¿Cómo podía haberle ocultado a su hijo?
Si alguien, una persona anónima, no le hubiera enviado un recorte del periódico local con una fotografía tomada en una obra del colegio, nunca lo habría sabido.
Y una sola mirada le confirmó que Thomas Gilbert era su hijo. Pero verlo en carne y hueso era tan doloroso, ver cómo ella lo ayudaba a subir al Land Rover, cómo reía de algo que el niño estaba diciendo…
Fleur no podía haber leído su carta o nada en el mundo la habría hecho sonreír.
Si hubiera vuelto por Longbourne alguna vez, si no hubiera cambiado de tema cada vez que su madre empezaba con su larga lista de quejas contra los Gilbert…
Pero no tenía sentido pensar en el pasado. Había tardado en solucionar sus compromisos en Hungría, en transferir el negocio que había fundado allí a su socio en la empresa. Y cada día le había parecido un año.
La tentación de marcharse de inmediato, de tomar el primer avión a Inglaterra, había sido casi insoportable, pero tenía que dejarlo todo bien atado.
Y allí estaba, dispuesto a hacerla pagar por los cinco años de la vida de su hijo que se había perdido.
Fleur cerró la puerta del Land Rover, comprobó que estaba bien segura y abrió la portezuela de atrás para el perro. Luego, cuando iba a subir al coche, se detuvo como si hubiera oído algo y giró la cabeza hacia la verja que dividía la finca de los Gilbert y los Hanover. Y, por un momento, le pareció que podía verlo allí, mirándola.
Pero enseguida se levantó un poco la falda, mostrando gran parte de sus preciosas piernas, para colocarse tras el volante del Land Rover.
