Conocí a la auxiliar de enfermería en el deprimente lugar en el que cohabitan nuestros armarios y los cuartos de baño. A primera vista me cayó bien, mucho mejor que cualquiera de las técnicas a las que he conocido hoy. Mis dos aprendizas son buenas chicas, pero ambas estudian primero, así que me han parecido un poco aburridas. En cambio la auxiliar de enfermería, Papele Sutama, es de lo más interesante. El nombre es estrafalario, pero la persona que lo lleva también lo es. Tiene los ojos rasgados, con un aire decididamente chino, pensé en cuanto la vi. No japonés, porque sus piernas son demasiado rectas y torneadas. Más tarde me confirmó que era de ascendencia china. ¡Oh! ¡Es la chica más bonita que he visto en mi vida! Su boca parece una flor, sus pómulos están de muerte, y sus cejas son muy finas. La llaman Pappy, y el apodo le va que ni pintado. Es diminuta, no mide más de metro cincuenta y cinco, y muy delgada; pero no parece salida de Belsen, como esos casos de anorexia nerviosa que los psiquiatras me envían para que les hagamos radiografías rutinarias de tórax. ¿Por que diablos las adolescentes se matan de hambre? Pero, volviendo a Pappy, y a su piel sedosa, casi como de marfil.

Yo también le he caído bien, así que cuando supo que me había traído la fiambrera de casa, me invitó a comer con ella al aire libre, cerca de la morgue, que no queda muy lejos del Departamento de Radiología; eso sí, donde la Hermana Agatha no pudiera vernos desde su puesto de vigía. La Hermana Agatha no almuerza, está demasiado ocupada controlando sus dominios. Por supuesto, no disponemos de una hora entera, y menos los lunes, cuando además del trabajo normal hay que despachar todas las solicitudes acumuladas durante el fin de semana. De todas formas, en apenas media hora descubrimos muchas cosas la una de la otra.

Lo primero que me contó es que vive en Kings Cross. ¡Vaya! Es exactamente la parte de Sydney que papá consideró lo peor de lo peor.



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