
Dios lo había elegido a él para encontrar el artefacto más buscado del mundo. Él sería quien demostraría a todos los infieles, indecisos y pecadores, que Dios era tan grande como la Biblia había testimoniado a lo largo de todos los tiempos. El orgullo se mezclaba con el triunfo. Él tenía razón.
George McAlley tuvo que sentarse para asimilar la información antes de hacer la primera llamada. Para que su apariencia tranquila no se alterara, tenía que calmarse un poco y sopesar detenidamente la forma en que iba a expresarse. A pesar de haberse imaginado aquel momento miles de veces, no tenía claro del todo cuál era el siguiente paso. George McAlley decidió poner sus pensamientos en orden.
Estocolmo, época actual
Nova corría hacia el local: calle Drottning, la parte antigua, llamada Gamla stan, y la calle Göt. Fugazmente pensó en girar y entrar en Gamla stan, abrir la puerta de su casa y meterse debajo de un edredón, pero entonces estaría sola con lo que sabía.
Sola en la oscuridad.
Cuando Nova cruzó Slussen habían pasado doce minutos y normalmente tardaba una media hora. Notaba que una ancha franja de sudor le resbalaba por la espalda y que había calado notoriamente la chillona tela del mono de trabajo. El aire veraniego era caliente y bochornoso, incluso por la noche, en las horas que debería hacer más fresco. Había el mismo grado de humedad allí que en el bosque tropical, había leído Nova un día antes. Sin embargo, ahora no notaba los signos del cambio climático que solía tener en cuenta habitualmente. La imagen que tenía fija en la retina borraba todo lo demás.
Sentía que el pánico le recorría todo el cuerpo.
Respiraba aceleradamente y eso le producía dolor.
No había mirado hacia atrás ni una sola vez, como si aquello la ayudara a olvidar. Pero no era así. Por el contrario, sí que ayudaba a mantener en el anonimato a la oscura figura que la seguía corriendo.
