
Sobre la mesa que tenía delante había dos fotografías. Una, tomada en 1949 por la US Air Force, había estado en el archivo confidencial Ararat Anomaly hasta 1979, cuando se hizo oficial. La otra había sido tomada recientemente por un satélite en la misma zona.
El motivo de la excitación de George McAlley era un contorno en forma de lanza en la capa de nieve que se podía reconocer en las dos imágenes tomadas cuando se encontraba en uno de los dos picos del monte Ararat. En la foto antigua, en blanco y negro, la forma era sólo una sugerencia, pero en la otra, los bordes se veían con claridad y la nieve había resbalado dejando agujeros oscuros que ponían aún más de relieve que algo grande y hueco estaba escondido allí abajo. El clima caluroso había encogido el glaciar notablemente y ya no podía ocultar el objeto. Para George McAlley aquello era la última prueba necesaria para dar el paso definitivo y organizar una expedición a aquella montaña de Turquía de más de cinco mil metros de altura. Costaría casi un millón de dólares, pero el dinero ya estaba conseguido. Por una parte, gracias a su propia aportación y, por otra, a la de organizaciones cristianas que compartían el mismo objetivo: demostrar que el Arca de Noé existía y estaba enterrada en los glaciares del monte Ararat, tal y como se decía en la Biblia.
– Gracias, Señor -murmuró George McAlley mientras la ola de orgullo que lo invadía expandía su pecho.
