
Arvid le pasó un brazo por los hombros. En voz baja le preguntó lo mismo y esta vez sí hubo respuesta:
– Estoy segura de que los habían asesinado -dijo Nova-. No pueden haber muerto así. Es imposible.
Continuó explicando lo que había ocurrido, las manchas de sangre, la huella de la mano y, al final, el descubrimiento en la cama.
– Ya dije yo que era mejor que Arvid fuera quien entrara en la casa -se quejó Eddie.
– No hubiera habido menos muertos por eso -replicó Nova en un tono un poco más punzante que antes.
– No, pero por lo menos tú no lo habrías visto -constató Arvid.
A Nova no le apetecía argumentar en contra de su necesidad de cuidarla. Normalmente solía sentir mucha irritación, pero en aquellos momentos le iba bien. Los acontecimientos de la noche eran el punto culminante del peor mes en la vida de Nova.
– Tenemos que llamar a la policía -constató Eddie toqueteando el borde de la mesa. Parecía un cachorro perdido que necesitaba ayuda.
A pesar de que estaba completamente fuera de sí, a Nova le asaltó el impulso de consolar a Eddie y decirle que todo se arreglaría.
– No podemos hacerlo -repuso Arvid representando una escena con un teléfono que no existía en la oreja-. «Hola, somos los que nos metimos en casa del presidente de Vattenfall y lo hemos encontrado muerto junto a su mujer…»
– Pero no podemos dejar que sigan allí -protestó Nova.
– Imagina si la policía cree que lo hemos hecho nosotros -respondió Arvid.
– Quieres decir que… -empezó a decir Nova.
Sus pensamientos la llevaron al allanamiento de morada y las palabras que había pintado con spray. Sin duda sospecharían de ella.
Un tenso silencio se hizo en la habitación. Nova no acabó la frase.
Los tres amigos abandonaron el local treinta minutos más tarde. Nova llevaba su ordenador portátil bajo el brazo. Últimamente había tomado por costumbre estropearse de vez en cuando, pero esperaba que funcionara hasta que el proyecto de aquella noche estuviera realizado.
