
Era poco más de la una. El e-mail ya estaba escrito, pero aún no lo había enviado. Cuando llegaron arriba, a Mosebacken, Nova se sentó en uno de los bancos. Las estrellas y la blanca estatua se reflejaban en el agua del estanque cuyo nivel era anormalmente bajo. Nova tenía a su espalda el espléndido portal palaciego gris y amarillo que era la entrada a la terraza de Mosebacken. Ciento treinta años antes, Strindberg había pasado por él para sentarse a escribir el primer capítulo de su novela La habitación roja.
Nova abrió el ordenador.
– La red Carlitos ¿suena bien? -preguntó a los demás.
Los dos asintieron. Era suficientemente anónimo. Nova envió el e-mail a la policía vía una de las miles de redes sin encriptar y sin cables de Estocolmo. Nadie podría rastrear que la información de los asesinatos salía de allí.
Honolulu, 12 de septiembre de 2003
El regulador de velocidad estaba configurado para mantener setenta kilómetros por hora. El Chrysler sabía de memoria el camino hasta el local de reunión donde George McAlley daría dentro de poco su conferencia de prensa. Tenía tiempo de sobra. El riesgo de llegar tarde a la reunión con la prensa internacional era mínimo. Incluso tendría tiempo de cambiar una rueda si pinchaba en el camino. Además de divulgar la noticia de que el arca existía, tenía otro objetivo con la reunión: conseguir eliminar el último impedimento que quedaba.
La parte del monte Ararat donde se encontraba el arca estaba declarada por Turquía como zona militar. Probablemente, una buena forma de presionar para poder llegar hasta allí sería despertar el interés de los medios de comunicación. Si se conseguía, nada podría detenerlo. George McAlley tenía el dinero, los conocimientos y el empuje. Por no hablar de la fe. Suspiró hondo, satisfecho.
