
Justo antes de que el Chrysler girara hacia el mar, George McAlley vio un coche en el arcén. Una rubia de unos cuarenta años miraba preocupada el motor debajo del capó abierto. Parecía la escena de una película encuadrada por las altas montañas del fondo y las palmeras con su nítido color verde. La mujer miró hacia arriba y empezó a gesticular con la mano cuando George McAlley se acercaba. Aunque no le iba bien, no podía dejar a una mujer en la estacada, en especial si era bonita, blanca y de aspecto respetable. Aminoró la marcha del coche y se paró.
La mujer sonrió contenta.
Pero de pronto cambió la expresión de su cara.
Su actitud se volvió tensa y fría.
Sacó una pistola del bolso y le apuntó a la cara.
– Sal del coche y pon las manos sobre el techo -dijo con un acento que George McAlley no pudo ubicar.
Lo cacheó, le vació los bolsillos y dejó que el contenido cayera en el suelo. El móvil, un recibo y un clip roto acabaron en la cuneta. George McAlley se empezó a inquietar por si no llegaba a tiempo a la conferencia de prensa y aventuró:
– Tengo prisa. Si dejas que me vaya puedo sacar tres mil dólares de un automático. Es todo lo que tengo en la cuenta.
La mujer sonrió y abrió la puerta del pasajero sin apartar los ojos de George McAlley. Sacó el portafolios, lo puso sobre el capó y lo abrió. Allí estaban, muy ordenados, los mapas y la información que iba a ser repartida en la conferencia de prensa. Después de echarle un vistazo rápido al material, cerró el maletín y se lo puso debajo del brazo.
En ese momento George McAlley cometió el error más grave de su vida.
