Dio un paso hacia la mujer y levantó la mano para quitarle el arma; al fin y al cabo, ella era una mujer y él un militar veterano con el físico intacto. Aquella mujer no iba a estropearle el momento más importante de su vida.

No llegó más lejos.

En lugar de dispararle, ella le golpeó la cara con la culata, con una fuerza que George McAlley no podía haber previsto. El golpe le resonó en la cabeza y perdió el equilibrio.

Se tambaleó.

Se desplomó en el suelo.

Tenía una herida en la mejilla. Se le veía la carne a los lados del corte. Empezó a salirle sangre que le caía por la oreja coloreando su blanco cabello de rojo. Los pensamientos se mezclaban unos con olios. La carretera delante de George McAlley parecía hacer olas. Entre ellas, había un par de botas separadas. La mujer miró hacia abajo y ladeó la cabeza como para tenerla en la misma posición que él.

Se encontró con la mirada de ella.

Muerto de miedo.

Aquello no era un robo normal y corriente. Aquélla no era una situación de la que pudiera salirse hablando. Pero lo intentó.

– ¿Quién eres, realmente? -masculló.

Como respuesta oyó una palabra. Pero era suficiente. «Oh, Dios mío, no, no», le dio tiempo de pensar.

Se inclinó hacia él.

Intentó arrastrarse para irse de allí.

Lejos, lejos.

Poner distancia entre él y aquel ser.

Pero los pies y las manos no querían colaborar.

Lo cogió fuerte de un hombro.

Y le disparó entre los ojos.

La cabeza de George McAlley cayó sobre el suelo. El cuerpo se quedó quieto. Del discreto agujero en la frente salió un pequeño chorro de sangre que corrió hasta llegar al asfalto, donde se mezcló con los restos de la nuca.

Una ejecución, constataría la policía unas horas después, cuando lo encontraran en la cuneta detrás de su coche. Y tendrían razón.


Estocolmo, época actual



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