
Finalmente, Nova tuvo que separarse de sus amigos. Tras horas de discusión tomando café frío y con los nervios a flor de piel, estaban hechos una piltrafa. Tanto Arvid como Eddie se habían ofrecido a dormir en su casa, pero ella los había rechazado. No porque no quisiera, sino porque tenía miedo de romper la frágil dinámica de su relación. Los dos hombres sentían por ella un interés superior a la amistad y no quería acabar en una situación en que ésta se viera afectada.
Le gustaba su constante cercanía y aprecio y se sentía a gusto con su admiración pero, sobre todo, quería que siguieran siendo sus dos mejores amigos, por lo menos en esos momentos, ahora que todo andaba tan mal. Eran la red que la protegía en la caída. Para ella eran la familia que nunca tuvo. Siempre estaban dispuestos cuando los llamaba pidiendo ayuda y, aunque en su interior sabía que su frágil trinidad no podría mantenerse, eligió no pensar en ello entonces. Justo en aquel momento los necesitaba demasiado.
Nova se acercaba a la calle Präst. «Bienvenidos al infierno», solía decirles a los pocos amigos que llevaba a su casa. La expresión tenía doble sentido. Por una parte porque la calle durante el medievo se llamaba pasaje del Infierno, y por otra como un comentario que no estaba muy lejos de la realidad de su infancia. Nova tomó la pequeña cuesta de Storkyrka desde la calle Stora Ny y vio uno de los hastiales de la catedral y el palacio marrón del rey al fondo. A la luz del amanecer, en el escaparate de una tienda de cosas curiosas, se reflejaban cazuelas, jarritas de té y moldes de pan de cobre.
Nova continuó por la calle Präst y pasó por la tienda Modern Dog, donde se vendía todo lo que ningún perro necesitaba. En el escaparate había una caja con cuatro zapatos mínimos de piel amarilla, una chaqueta de punto y una cama para perro hecha de franela con almohada, techo y un lazo.
La puerta de la casa de Nova era de color verde y tenía un marco y una base sólidos.
