El resto de la casa estaba pintada de marrón claro. En alguna que otra parte se veían los ladrillos utilizados en su construcción. Descuidada, dirían algunos, pintoresca, decía la madre de Nova. En la puerta había una placa con un solo nombre con letras marcadas al ácido: «Abogada Elisabeth Barakel.» A Nova no se le había pasado por la cabeza cambiar la placa. Había estado siempre allí y no estaba preparada para quitarla todavía. En esos momentos no le apetecía hacer nada.

Nova abrió la puerta, que se resistía haciendo que chirriaran los goznes. En el vestíbulo los cuatro cuadros repelentes miraban hacia ella. Cerró la puerta e intentó ignorarlos como había hecho toda su vida, pero no podía. Los cuadros de William Hogarth que representaban los cuatro pasos de la crueldad le recordaban demasiado lo que había visto aquella noche: intestinos, ojos vaciados, perros y huesos. Habían sido maltratados y la mirada de los muertos le quemaba en la nuca.

De las entrañas le subió algo parecido a la furia.

Se dio la vuelta y gritó.

Los cuadros colgaban de la pared de una manera significativa, mostrando la crueldad del hombre y su incapacidad. Nova ya no soportaba verlos. Cogió el cuarto cuadro de la colección, el que representaba la disección de un asesino. Con todas las fuerzas que le quedaban en el cuerpo, lo descolgó de un tirón y lo arrojó con las dos manos al suelo. El cristal se rompió en mil pedazos. El cadáver seguía mirándola con los ojos vacíos. Nova se echó sobre el lienzo y lo destrozó. Se hizo un corte en la palma de la mano con un trozo de cristal pero no notó cómo le salía la sangre del corte. El recibidor se llenó de marcos y cristales rotos y trozos de lo que habían sido cuadros de uno de los más conocidos pintores satíricos de Inglaterra.

Nova se paró sin aliento y se apoyó contra la pared.

Fue entonces cuando vio que la sangre le goteaba de la mano. Miró su palma enrojecida como si no se diera cuenta de que era suya y después se presionó con la otra mano para cortar la hemorragia. Sabía que pararía y cicatrizaría pronto. Su madre siempre le había dicho que había heredado una buena encarnadura; a esas heridas no había que darles importancia.



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