
Cuando Nova se tranquilizó, vio sorprendida toda la destrucción que había ocasionado. En su interior la ira se había convertido en vacío y tranquilidad. No se arrepentía de nada. Cuando era pequeña aquellos cuadros siempre le habían dado miedo y soñaba con ellos por la noche. Incluso había llegado a hacerse pis encima, ya que no se atrevía a salir de su habitación y encontrarse con ellos.
Al crecer, aprendió a odiarlos y a odiar lo que representaban. Se dio cuenta de que ahora ya no quedaba nadie que le impidiera vivir como ella quería. Nadie que la pudiera criticar u obligar a ser alguien que no era. Los cuadros eran sólo el principio.
Nova era libre.
Si no hubiera sido por los acontecimientos de aquella noche que la ataban de pies y manos. Las imágenes en su cabeza eran igual de claras y detalladas que los cuadros que había destruido. Dentro de poco la policía encontraría huellas de Nova en la vivienda, pero ¿la encontrarían a ella?
Subió la escalera hasta su dormitorio con pasos pesados. Dejó intacto el caos del vestíbulo. El sol de la mañana quería entrar a través del oscuro pasaje e iluminaba indeciso la casa. Nova se echó en la cama sin ver cómo la luz se hacía paso entre las sombras y se quedó dormida de inmediato.
Amanda era conocida como la inspectora que hacía entrenamientos de tiro con zapatos de tacón. Pero en esos momentos su imagen distaba mucho de la que había conseguido construir a lo largo de sus quince años en la policía. Apoyada en el lavabo, vomitaba el desayuno en un aseo público. Las gachas de avena y compota de manzana junto con el jugo gástrico salían como en una fuente, salpicando todos los bordes de la cerámica blanca. Como aquella mañana no quedaba leche descremada, por lo menos se había librado del sabor ácido de los lácteos.
