
La calle Drottning estaba vacía a excepción de unos cuantos transeúntes que desaparecieron hacia el metro. Como estaban de espaldas, no se percataron de la joven del mono naranja que cruzó la calle mientras, angustiada, miraba hacia todas partes. El portal estaba iluminado por las muchas luces que había en la calle. El código se lo sabía de memoria. Dos semanas antes había ayudado a entrar a una señora mayor que iba con andador y memorizó las cifras. Al cabo de cinco segundos, Nova estaba dentro del portal.
En el aire flotaba un olor a aceite de ascensor, a viejo y a polvo. El suelo de mármol, el panel de madera en la pared y el ángel dorado en un pedestal, demostraban el alto nivel económico y el gusto de los vecinos. Nova no subió en ascensor a pesar de que el piso al que iba era el último del edificio. De un ascensor no podría huir y aunque hasta el momento no había hecho nada ilegal, se sentía culpable.
Una vez arriba, respiró profundamente para recuperarse del esfuerzo mientras estudiaba el rellano. Sólo había dos puertas, ambas altas y forradas de paneles de madera. Por debajo de una de ellas se veía una débil luz y al fondo se oía el sonido de la televisión. Nova miró intranquila a través de la mirilla que había en la puerta.
El vecino estaba despierto.
Eso no estaba previsto en el plan.
Se quedó paralizada durante unos segundos. Sus manos temblaban por el miedo a ser descubierta. Después encontró la solución. Masticó una última vez el chicle que llevaba en la boca, se lo sacó y le dio la forma de una moneda. Andando con sus flexibles zapatos de gimnasia, Nova fue hasta la mirilla y pegó el chicle encima. Ahora por lo menos se daría cuenta de si la iban a descubrir porque tendrían que abrir la puerta antes. El vecino seguramente no llamaría a la policía sin controlar primero lo que ocurría en el rellano de la escalera.
