Nova volvió a la puerta que era su objetivo. Estaba arañada, gastada y era pesada, pero hacía poco que la habían renovado. Tenía puesta una placa en la que leyó: «Josef F. Larsson.» Las letras estaban grabadas al ácido sobre un metal dorado. A pesar de que todo estaba previsto, quería asegurarse de que era el lugar correcto, aunque el riesgo de que se hubiera equivocado de planta fuera mínimo.

Nova volvió a respirar hondo, abrió la mochila y sacó las ganzúas. Dirty Thirty, repetía una y otra vez en su cabeza. La cerradura de arriba se abrió igual de fácil que cuando había entrenado en casa, pero en ese momento oyó un ruido detrás de la puerta del vecino: el traqueteo de unas uñas sobre el suelo de parquet.

Luego pasaron a arañar la puerta y Nova se puso a respirar más de prisa. La sangre le latía en los oídos. Pensó en huir, pero en lugar de eso se puso a manipular, temblando, la segunda cerradura. Le faltaba concentración y tuvo que empezar desde el principio. Dentro del piso de enfrente se oía una voz gruñona llamando al perro, pero éste, en lugar de obedecer a su ama, dio un último ladrido para llamar su atención. La mujer, que arrastraba los pies, se acercó a la puerta.

Nova volvió a errar, se pasó con la ganzúa y se le rompió una de las uñas pintadas de negro dentro del guante. El ama y el perro iniciaron un incomprensible diálogo al otro lado de la puerta y por una expresión de descontento, Nova entendió que el bloqueo del chicle había sido descubierto.

Entonces oyó la cadena de seguridad de la vecina de enfrente.

En ese momento la cerradura que Nova intentaba manipular hizo clic y la puerta se abrió. Agarró la mochila, se deslizó dentro y, sin ruido, cerró la puerta tras de sí. La oscuridad del piso envolvió a Nova y en ese mismo momento se abrió la puerta vecina. Se esforzó para no hacer ruido al respirar, pero aun así le parecía que los latidos de su corazón sonaban como una tormenta.



4 из 235