
Ahora le tocaba a Nova observar por la mirilla. Vio a la anciana del andador que miraba a un lado y a otro y luego, dudosa, hacia abajo, hacia su pequeño caniche gris. Desenganchó la cadena y abrió la puerta despacio. El caniche dio un salto y se puso a ladrar en dirección hacia Nova. La anciana estaba espantada. Dio unos pasos arrastrando los pies por el rellano de la escalera y se agachó con esfuerzo para coger al perro en brazos. De vuelta a su vivienda, susurró al oído del animal:
– Gudrun, haz el favor de no ladrar a los vecinos.
Cuando iba a cerrar la puerta, se paró pensativa y al volverse para estudiar detenidamente la puerta descubrió el chicle. De su chaqueta de lana sacó un pañuelo, desenganchó el chicle con él y se guardó la pegajosa masa en el bolsillo.
– Niños proletarios -dijo, molesta, al cerrar la puerta tras de sí.
Nova se volvió hacia la oscuridad de la vivienda. La luz de la calle Drottning y de los escaparates de las tiendas entraba a través de los ventanales. Buscó la linterna en la mochila, la encendió y se la puso en la cabeza. El recibidor estaba ordenado y amueblado con un estilo clásico, con alfombra, espejo dorado y unas cuantas perchas en un colgador. Sólo había un abrigo de color marrón claro. La ropa de la pareja debía de estar en el armario de al lado, aventuró Nova. En el suelo, debajo del abrigo, había dos pares de zapatos: uno era de caballero, de piel marrón, y hacía juego con el abrigo; el otro par era de señora, con discretos tacones. Zapatos de vieja, constató Nova. En el ambiente flotaba un ligero olor a basura. «No hay que dejar basura en casa entre julio y agosto.» Nova oía la orden de su madre desde algún sitio de su memoria.
