
En medio del recibidor había un portafolios tirado y de él se había salido el último balance anual de la compañía de aguas Vattenfall. Parecía como si alguien, al llegar a casa, lo hubiera soltado para llegar a tiempo de coger el teléfono. El maletín inquietaba a Nova a pesar de estar completamente segura de que nadie había entrado aquel día en la vivienda. Rompía con el orden que reinaba en la casa y creaba desarmonía. Miró fijamente el portafolios un momento, pero después pensó que la falta de armonía se iba a imponer en todo el ambiente del piso porque había llegado el momento del spray. Nova siempre había tenido una vena dramática y sabía que las frases escritas en rojo sangre causaban más efecto que en otro color.
La primera víctima fue el espejo del recibidor. «Asesino», escribió con grandes letras. «El hombre que se mire aquí tendrá el epíteto que le corresponde», pensó sonriendo de su perspicacia. Después se dirigió hacia la sala de estar, oscura pero amplia y donde el parquet estaba cubierto de antiguas alfombras orientales. En un rincón había cajones de bonita madera que Nova supuso eran altavoces, y una estatua africana tallada con forma de mujer con niños desnudos colgando de su cuerpo.
Junto a una pared había un sofá de piel negra con reposapiés. Nova fue hacia allí y escribió «Dinero manchado de sangre» a lo largo del respaldo. Satisfecha, dio un paso hacia atrás para admirar su obra.
Cuando escribió Dirty Thirty en la pared opuesta, pensó que se le debía de haber caído pintura en el suelo. Miró el frasco de spray, pero no vio que se saliera, así que se sintió tranquila. No era el mejor momento para quedarse sin pintura. Luego se agachó y dirigió la luz de la linterna que llevaba en la cabeza hacia la mancha y notó que era de un color algo más marrón oxidado que las palabras que acababa de escribir. Parecía como si estuviera seca. Al pasar el haz de luz por el suelo descubrió dos manchas más que estaban igual de secas y eran del mismo color.
