Una inquietud le recorrió todo el cuerpo sin que Nova se atreviera a formular el pensamiento. Cuando se acercó a las otras dos manchas, se dio cuenta de que eran el principio de una huella. Una larga fila de manchas salían de la sala de estar y entraban en las habitaciones cercanas. Algunas se habían filtrado a través de las rendijas del parquet y seguirían allí durante mucho tiempo.

En el camino que formaban las manchas había algo atrayente que hizo que Nova las siguiera, pero otra mancha en el marco de la puerta hizo que se parara de golpe. Era la clara huella de una mano que se había deslizado a lo largo de la madera y después se había soltado.

Una huella roja.

Fue en ese momento cuando la conciencia de Nova aceptó que podía ser sangre de verdad. Dudosa, dio otro paso para iluminar la habitación con la linterna. Se paró antes de dar el siguiente, incapaz de moverse o de apartar la vista de la escena que tenía ante sí sobre la cama de matrimonio. Era de allí de donde venía el olor a basura. Estaba claro que los tres cuerpos habían abandonado esta vida, pero daban la sensación de que estaban en movimiento. La instalación grotesca y pornográfica que se amontonaba en la cama llevó el pensamiento de Nova a las profecías del juicio final. El amo, el ama y el pastor alemán en un abrazo antes de morir. Sobre la cama había cifras y un texto escritos con excrementos: el Génesis 6, 4. Se veía bien claro contra el fondo de la pared de oro y plata. La luz roja de las lámparas del cabezal reforzaba el color de la alfombra de sangre que rodeaba la cama. Aquella imagen recordaba un burdel, igual que el espejo que había en el techo, sobre la cama.

Un burdel del infierno.

Nova vio en el espejo que las tripas del perro estaban alrededor del cuello de la mujer a modo de correa. Se dio la vuelta y vomitó café amargo y empanada de brécol. Su vómito se mezcló con las gotas de sangre que había en el suelo.



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