
Luego atravesó a trompicones la sala de estar mientras, inconscientemente, se limpiaba la boca con la manga del mono de trabajo. Cogió la mochila y salió del piso dando un portazo. Al bajar la escalera tropezó y cayó de bruces todo lo larga que era. El dolor que sintió en las rodillas cuando se dio contra el suelo de piedra se vio reprimido por la sensación de pánico que sentía en el estómago, de manera que continuó escalera abajo igual de descontrolada que antes. Arriba, el caniche ladraba histérico.
Nova se tiró hacia la puerta de entrada, la abrió y salió corriendo por la calle Drottning con una mirada furiosa. Su único pensamiento era irse lo más lejos posible de aquella vivienda y de aquella casa.
Corría por la calle igual que un borracho.
Un par de ojos seguían su huida.
Honolulu, 9 de septiembre de 2003
El verano de 2003 había sido el más caluroso de Europa desde el siglo XV. Al principio, aquello inquietaba a los expertos de medio ambiente, pero su mensaje llegó rápidamente a lobbys, políticos y, finalmente, a la gente. Sin embargo, aquello no le preocupaba a George McAlley. Alegría era una palabra demasiado suave para describir lo que sentía. Lo que experimentaba rozaba la felicidad y el éxtasis.
George McAlley, gracias al calentamiento global, había alcanzado el cénit de su sexagenaria vida. Dentro de poco llegaría a los periódicos más importantes del mundo un comunicado de prensa y su repercusión sería enorme. Estaba seguro de ello. En sus acuosos ojos brillaba una fanática excitación. La mano derecha le temblaba un poco cuando se acarició la blanca barba de apenas un milímetro. Llevar el pelo tan corto era una costumbre que adquirió cuando era oficial de aviación. A pesar de que habían pasado décadas desde entonces, mantenía aquella costumbre, al igual que la espalda recta y el andar firme.
George McAlley estaba en su despacho con vistas a un jardín tan cuidado como su pelo.
