
Me mordí la lengua y le seguí hasta el salón. La perra estaba tumbada prácticamente igual que cuando me había ido, pero ahora se veía un charquito oscuro alrededor de su cola. Esperaba que significara progresos. Peppy me vio observarla pero no hizo ninguna señal. Lo que hizo fue meter la cabeza bajo su cuerpo y empezar a lamerse.
¿Estaría bien? Muy bonito eso de decirnos que no interfiriéramos, pero ¿y si la dejábamos desangrarse por no darnos cuenta de que tenía problemas?
– ¿Qué te parece? -preguntó el señor Contreras con ansiedad, haciéndose eco de mis propias preocupaciones.
– Me parece que no tengo ni idea de cómo nacen los cachorros. Ahora son las diez menos veinte. Esperemos hasta que llegue el tipo. Iré por mis llaves por si acaso.
Acabábamos de decidir que le íbamos a preparar un jergón en el coche por si teníamos que salir corriendo para la clínica, cuando emergió el primer cachorro, suave como la seda. Peppy lo abordó con presteza, lamiéndolo para limpiarle la placenta, utilizando sus patas para arrimárselo al cuerpo. Eran las once cuando apareció el siguiente, y luego empezaron a salir cada media hora más o menos. Empezaba a preguntarme si cumpliría la profecía del veterinario y llegaría a los doce. Pero a eso de las tres, después de que la octava criaturilla reptase hasta un pezón, decidió parar.
Me estiré y me dirigí a la cocina para observar cómo el señor Contreras le preparaba un gran cuenco de pienso para perros mezclado con un revuelto de huevos y vitaminas. Estaba tan absorto en el proceso que no respondió a ninguna de mis preguntas sobre la velada de juego ni sobre Mitch Kruger.
Supuse que para entonces yo me había convertido en un tercero que nadie necesitaba. Unos amigos habían salido al campo a jugar al fútbol y merendar por el puerto de Montrose y les había dicho que intentaría unirme a ellos. Descorrí los cerrojos de la puerta trasera.
