Me levanté y fui a la cocina a hacer café. Cuando me trasladé aquí, hace cinco años, éste era un tranquilo vecindario de currantes, lo cual significaba que yo podía permitírmelo. Ahora había sido atacado por la fiebre de la rehabilitación. Mientras los alquileres se triplicaban, el tráfico se había cuadruplicado y elegantes boutiques surgían para satisfacer los delicados apetitos de la gente bien. Ojalá fuese un BMW la víctima del choque, y no mi propio y querido Pontiac.

Pasé por alto mis tablas de ejercicios, de todas formas no iba a tener tiempo de correr. Pertrechándome concienzudamente de un sostén, me puse otra vez mis vaqueros cortados y mi sudadera y volví a la maternidad.

El señor Contreras salió a la puerta más rápido de lo que esperaba. Su gesto preocupado me hizo pensar si no debería subir por el carnet de conducir y las llaves del coche.

– No ha hecho nada, pequeña. No sé… He llamado al veterinario, pero el doctor no llega hasta las diez los sábados y me dijeron que no era una urgencia, que no podían darme su número particular. ¿Crees que podrías llamar y convencerlos?

Sonreí para mis adentros. Una auténtica concesión: el viejo pensaba que había una situación en la que yo podía desenvolverme mejor que él.

– Déjeme verla primero.

Mientras atravesábamos el comedor oí los ronquidos de Kruger a través de la puerta del dormitorio.

– ¿Le ha costado moverlo? -un altercado más fuerte podía haber agitado demasiado a la perra y entorpecido su parto.

– En quien he pensado primero ha sido en la princesa, si te refieres a eso. No necesito tus críticas, en este momento no me sirven de ninguna ayuda.



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