Max me tendió mi entrada antes de desatrancarse del asiento trasero. Aunque había puesto una manta para tapar las huellas de Peppy, pude ver unos pelos de un rojo dorado sobre su esmoquin mientras bajaba del coche. Puse cara de circunstancias y miré furtivamente la falda del traje de chaqueta color coral de Lotty. También llevaba unos cuantos pelos. Sólo me cabía esperar que su preocupación hiciera que se olvidaran de su vestimenta.

Cambié bruscamente de sentido, ignorando un silbato indignado, y conduje otra vez el Trans Am hasta Monroe, al estacionamiento norte. Sólo había algo más de medio kilómetro desde allí al Auditorio, pero llevaba falda larga y tacones altos, atuendo que no era el más indicado para una carrerita. Me deslicé junto a Lotty en el palco que Michael nos había reservado justo en el momento en que se apagaban las luces.

Con aire adusto y distante en su frac, Michael subió al escenario. Abrió el recital con las Variaciones sobre Don Quijote de Strauss. El teatro estaba lleno -por lo que fuese, Chicago Settlement se había convertido en una asociación benéfica de moda-, pero no era un público melómano. Sus conversaciones y susurros creaban un zumbido de fondo, y no dejaban de aplaudir en las pausas entre las variaciones. Michael fruncía el ceño cada vez que rompían su concentración. En un momento dado volvió a tocar los trece últimos compases del trozo anterior, sólo para ser interrumpido de nuevo. Entonces hizo un gesto irritado de despedida y tocó las dos últimas variaciones sin detenerse a respirar. El público aplaudió cortésmente, pero sin entusiasmo. Michael ni siquiera saludó, sino que salió rápidamente de escena.

La siguiente interpretación obtuvo una respuesta más entusiasta: la Coral Infantil de Chicago Settlement interpretó una serie de cinco canciones folclóricas. La coral mantenía rigurosamente el tono y los niños cantaban con deliciosa nitidez, pero fue su apariencia lo que hizo que el teatro se viniera abajo. Algún genio de las relaciones públicas pensó que el atuendo indígena se vendería mejor que los trajes de un coro, así que centelleantes túnicas y chaquetas de terciopelo afganas resplandecían junto a los blancos vestidos bordados de las niñas salvadoreñas. El público rugió pidiendo un bis y se puso en pie para ovacionar a los solistas, un chico etíope y una chica iraní.



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