
Durante el descanso dejé a Max y a Lotty en el palco y me dirigí al vestíbulo para admirar los trajes de los parroquianos: estaban engalanados con mayor colorido aún que los niños. Tal vez al quedarse solos Lotty y Max resolvieran sus diferencias. El carácter arisco de Lotty produce estallidos esporádicos en todas sus relaciones. No quería ser partícipe de ningún conflicto que pudiese tener con Carol.
Al salir del palco me enganché el tacón en el bajo de la falda. No estaba acostumbrada a moverme con traje de noche. Siempre se me olvidaba que tenía que acortar el paso; cada pocos pasos tenía que detenerme a desenganchar el tacón del delicado tejido.
Había comprado la falda para la fiesta de Navidad del bufete de abogados de mi marido, durante mi breve matrimonio, trece años atrás. La fina lana negra, profusamente bordada de plata, no podía compararse con el traje hecho a medida de Or', pero era mi atuendo más elegante. Con una blusa de seda negra y las cuentas de brillantes de mi madre conformaba un respetable atavío para un concierto, pero carecía del espectacular acierto de la mayoría de los trajes que vi en el vestíbulo.
Me fascinó sobre todo un vestido de satén color bronce cuyo canesú recordaba un peto romano, salvo que estaba abierto hasta la cintura. No podía dejar de preguntarme cómo su dueña conseguía evitar que sus pechos se desbordaran por el medio. Almidón tal vez, o cinta adhesiva.
Cuando sonó el timbre que anunciaba el final del descanso, la mujer del peto se dirigió hacia mí. Estaba pensando que la gargantilla de diamantes no pegaba con el vestido, que no era más que la oportunidad de ostentar riqueza para alguien con ideas a lo Donald Trump sobre adornos femeninos, cuando el tacón volvió a enganchárseme en la falda. Mientras me giraba para liberarme, un hombre con esmoquin blanco corrió hacia nosotras desde el otro extremo del vestíbulo.
