
El viejo me recibió apesadumbrado cuando regresé de Kankakee para pasar el fin de semana.
– Es que no sé cómo sucedió, nena. Es siempre tan buena, siempre acude cuando la llamas, y esta vez se me escapó sin más y desapareció calle abajo. El corazón me dio un vuelco; pensé: Dios mío, ¿y si la hieren, si se pierde o la roban?; ya sabes, se leen tantas cosas sobre esa gentuza que contrata a gente para que robe perros por las calles o en los patios; nunca vuelves a ver a tu perro ni sabes lo que le ha sucedido. ¡Me sentí tan aliviado cuando di con ella! ¡Santo cielo! ¡Qué hubiera podido decirte para que entendieras…!
Gruñí sin la menor simpatía.
– ¿Y cómo pretende que entienda esto? No quiso que la esterilizaran, pero no es capaz de controlarla cuando está en celo. Si no fuera tan cabezota habría dejado que Tim la sacara. Le diré una cosa: no pienso pasarme la vida buscando buenos hogares para sus malditos retoños.
Eso enardeció su propio malhumor e hizo que se metiera en su apartamento dando un airado portazo. Le evité durante todo el día del sábado, pero sabía que teníamos que reconciliarnos antes de que yo volviera a salir de la ciudad: no podía dejarle con la responsabilidad exclusiva de la camada. Además, yo también soy demasiado vieja para enconarme en una actitud rencorosa. El domingo por la mañana bajé para arreglar las cosas. Me quedé incluso el lunes para ir juntos al veterinario.
Llevamos a la perra con la apesadumbrada tensión de los padres mal avenidos de una adolescente rebelde. El veterinario no me levantó el ánimo al decirme que las perdigueras pueden tener hasta doce cachorros.
– Pero como es su primera camada probablemente no tendrá tantos -añadió con una alegre risotada.
Estaba segura de que al señor Contreras le encantaba la idea de tener doce bolitas de peluche negro y oro; hice todo el viaje de vuelta a Kankakee a ciento cuarenta por hora, y prolongué mi trabajo allí todo lo que pude.
