Eso había sucedido dos meses atrás. Ahora ya estaba más o menos resignada al destino de Peppy, pero me aliviaba ver que parecía estar preparando su camada en el primer piso. El señor Contreras refunfuñaba por los periódicos que había desmenuzado en el lugar elegido, detrás del diván, pero yo sabía que se habría sentido insoportablemente ofendido si hubiese decidido que su madriguera estaba en mi apartamento.

Ya a punto de salir de cuentas, pasaba casi todo el tiempo dentro de casa con él, pero el día anterior el señor Contreras había ido a una velada de juego que organizaba su vieja parroquia. Había estado enfrascado en su organización durante seis meses y no quería perdérsela, y aun así me llamó dos veces para cerciorarse de que Peppy no estaba de parto, y una vez más a medianoche para comprobar que tenía el número de teléfono del salón que habían alquilado. Esa tercera llamada fue la que me llenó de malicioso júbilo al pensar que ella se las arreglaría para despertarle antes de las seis.

Resplandecía el sol de junio, pero a primeras horas de la mañana el aire era aún lo bastante fresco para que se me helaran los pies sobre el suelo del vestíbulo. Volví adentro sin esperar a que el viejo se levantara. Seguí oyendo los ladridos sofocados de Peppy mientras me quitaba el pantalón corto y volvía a meterme en la cama. Mi pierna desnuda notó una zona mojada en la sábana. Sangre. No podía ser mía, así que tenía que ser de la perra.

Volví a ponerme el pantalón y marqué el número del señor Contreras. Ya tenía puestos los calcetines y las zapatillas de deporte, cuando por fin contestó, con la voz tan ronca que resultaba irreconocible.

– Usted y sus amigos debieron de pasárselo muy bien anoche -le espeté-. Pero más vale que se levante y se enfrente a un nuevo día: está a punto de volver a ser abuelo.



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