
– ¿Quién es? -dijo con voz áspera-. Si se trata de una broma, debería tener algo mejor que hacer que llamar a estas horas de la madrugada y…
– Soy yo -le interrumpí-. V. I. Warshawski. Su vecina de arriba, ¿recuerda? Pues bien, su perrita Peppy ha estado ladrando como una loca delante de su puerta durante los últimos diez minutos. Creo que quiere entrar y parir unos cachorritos.
– ¡Oh, oh! Eres tú, pequeña. ¿Qué es eso de la perra? Está ladrando delante de mi puerta trasera. ¿Cuánto tiempo la has dejado fuera? No deberías dejarla fuera ladrando cuando el momento está tan cerca; podría coger un resfriado, ya sabes.
Me tragué varias observaciones sarcásticas.
– Acabo de encontrar unas manchas de sangre en mi cama. Puede que esté a punto de parir. Bajo enseguida a ayudarle a preparar las cosas.
El señor Contreras se enfrascó en un complicado rosario de instrucciones respecto a la ropa que debía ponerme. Me pareció tan sin sentido que colgué sin más ceremonia y salí.
El veterinario había dejado muy claro que Peppy no necesitaba ninguna ayuda para parir. Si nos entrometíamos en su parto o cogíamos a los primeros recién nacidos podíamos provocarle suficiente ansiedad como para imposibilitarle seguir por sí sola. No confiaba en que el señor Contreras lo recordara con la excitación del momento.
El viejo estaba a punto de cerrar la puerta detrás de Peppy cuando llegué al descansillo. Me lanzó una mirada hostil a través del cristal y desapareció un instante. Cuando por fin volvió a abrir la puerta me tendió una vieja camisa de trabajo.
– Ponte esto antes de entrar.
Aparté la camisa.
– Ésta es mi sudadera vieja, no me preocupa que se manche.
– Y a mí no me preocupa tu jodido guardarropa. Lo que me preocupa es lo que llevas debajo. O más bien lo que no llevas.
Le miré con asombro.
– ¿Desde cuándo tengo que ponerme un sostén para atender a la perra?
