
Su rostro curtido se volvió escarlata intenso. La simple idea de cualquier prenda interior femenina le azora, no digamos ya oír su nombre en voz alta.
– No es por la perra -dijo con agitación-. He intentado decírtelo por teléfono, pero me has colgado. Sé cómo te gusta andar por la casa, y a mí no me molesta mientras seas decente, cosa que en términos generales eres, pero no todo el mundo piensa igual. Eso es un hecho.
– ¿Cree que a la perra le importa? -mi voz subió de tono-. ¿A quién puñetas le importa, entonces? Ah, se trajo a alguien anoche del garito de juego. Bien, bien. Una noche completa para usted, ¿eh? -no suelo ser tan vulgar respecto a la vida privada de los demás, pero sentí que le debía al viejo una pulla o dos después de todo su cotilleo sobre mis visitantes varones de los últimos tres años.
Su color caoba se acentuó.
– No es lo que piensas, pequeña. No es eso en absoluto. De hecho, es un viejo amigote mío, Mitch Kruger. Lo ha tenido crudo para ir tirando desde que él y yo nos jubilamos, y ahora le acaban de dar la patada, así que anoche vino a casa a llorar sobre mi hombro. Claro que, como yo le dije, ahora no tendría que preocuparse por su alquiler si no se lo hubiese gastado antes en bebida. Pero eso no viene al caso. La cosa es que siempre ha tenido la mano buscona, no sé si me entiendes.
– Entiendo exactamente lo que quiere decir -repuse-. Y prometo que si el tipo se enciende con mis encantos le disuadiré sin romperle el brazo, por consideración a nuestra amistad y a su edad. Y ahora aparte esa camisa y déjeme ver cómo está Su Alteza Canina.
No le encantaba la idea, pero me dejó entrar a regañadientes en el apartamento. Como el mío, tenía cuatro habitaciones distribuidas como vagones de mercancías. La cocina daba al comedor y éste a un pequeño vestíbulo que daba acceso al dormitorio, al cuarto de baño y al cuarto de estar.
Mitch Kruger roncaba con fuerza en el diván del salón, con la mandíbula descolgada bajo una nariz bulbosa. Tenía un brazo caído a un lado y la punta de sus dedos descansaba en el suelo. La línea superior del espeso vello gris de su pecho asomaba por encima de la manta.
