
Ignorándole como mejor pude, me acuclillé junto al sofá, bajo la sombra de sus malolientes calcetines, y miré detrás buscando a Peppy. Estaba acostada de lado en medio de un montón de periódicos. Se había pasado gran parte de los últimos días arrugándolos para construirse un nido encima de las mantas que el señor Contreras había doblado para ella. Al verme volvió la cabeza hacia el otro lado, pero sacudió una vez la cola, débilmente, para mostrarme que no había hostilidad.
Me levanté.
– Creo que está bien. Voy arriba a hacer café. Volveré dentro de un ratito. Pero recuerde que tiene que dejarla sola, nada de meterse ahí detrás e intentar acariciarla y esas cosas.
– No tienes que decirme lo que tengo que hacer con la perra -se indignó el viejo-. Creo que oí al veterinario tan bien como tú; mejor incluso, ya que la llevé para un chequeo mientras tú estabas fuera haciendo quién sabe qué.
Le hice una mueca.
– Está bien, me doy por enterada. No sé qué tal le sentará el zumbido de sierra de su amigote, pero a mí me quitaría el apetito.
– Si no está comiendo -empezó a decir, y luego su cara se iluminó-. Ah, ya caigo. Sí, le cambiaré al dormitorio. Pero no quiero que estés aquí mirando mientras lo hago.
Torcí el gesto.
– Yo tampoco -no creía poder aguantar la visión de lo que podía haber bajo la franja de vello grasiento.
Una vez en mi casa, me sentí de pronto demasiado cansada para ponerme a hacer café, y dejé que la expectante ansiedad paternal del señor Contreras se apaciguara por sí misma. Saqué la sábana ensangrentada de la cama, me quité las zapatillas de correr y me tumbé.
Eran casi las nueve cuando volví a despertarme. A excepción del piar de los pájaros, deseosos de acompañar a Peppy en su maternidad, el mundo exterior estaba en calma, uno de esos raros remansos de silencio urbano que proporcionan al habitante de la ciudad una sensación de paz. Me impregné de él hasta que un chirrido de frenos y unos furiosos bocinazos rompieron el encanto. Gritos irritados: otra colisión en la avenida Racine.
